Turismo sostenible y turismo regenerativo, del menor impacto a la contribución positiva en los destinos

El turismo sostenible evoluciona hacia modelos capaces de generar impacto positivo en los destinos. Este artículo analiza cómo el turismo regenerativo, el papel del viajero responsable y la acción de instituciones y empresas pueden impulsar destinos sostenibles más resilientes, competitivos y alineados con los ODS, los criterios ESG (ambientales, sociales y de buen gobierno) y marcos de gestión como Biosphere, impulsado por el Instituto de Turismo Responsable (ITR).

El camino hacia la sostenibilidad: Qué significa 'Go Green' hoy en díaEsta inspiradora imagen muestra un letrero rústico de madera tallada en forma de flecha que apunta hacia la derecha. En el centro del cartel, las palabras

Hablar hoy de turismo sostenible implica ir más allá de la reducción de impactos. Durante años, el sector ha avanzado en ámbitos esenciales como la eficiencia energética, la gestión de residuos o el uso responsable de los recursos. Sin embargo, el contexto actual exige una visión más amplia y transformadora; una en la que la actividad turística no solo minimice sus efectos negativos, sino que contribuya activamente al bienestar ambiental, social, cultural y económico de los destinos. Esa es, precisamente, la dirección en la que avanzan los destinos sostenibles y los modelos turísticos más comprometidos con la sostenibilidad, hacia un equilibrio real entre la experiencia del visitante, la competitividad del destino y la calidad de vida de las comunidades locales. En este marco, conceptos como turismo regenerativo, impacto positivo y gestión responsable ganan peso dentro de la conversación sobre el futuro del turismo.

Una visión ambiental

Una visión ambiental, social y territorial del turismo sostenible en los destinos.

La sostenibilidad turística ya no puede entenderse únicamente en términos ambientales, aunque esa dimensión siga siendo irrenunciable. Un destino sostenible es aquel capaz de gestionar de forma equilibrada sus recursos, proteger su identidad, fortalecer su tejido económico y favorecer una relación más armónica entre visitantes y residentes. Esto implica mirar más allá de indicadores aislados y avanzar hacia estrategias integrales que incorporen la dimensión social, la valorización del patrimonio cultural, el apoyo a la economía local y la gobernanza del territorio. En este sentido, el turismo sostenible deja de ser un conjunto de medidas puntuales para convertirse en un marco de gestión y mejora continua, orientado a generar valor compartido, resiliencia y competitividad a largo plazo.

En este contexto, herramientas como la plataforma de gestión online de la sostenibilidad Biosphere permiten ordenar ese proceso, facilitando que destinos y empresas avancen desde el diagnóstico inicial hacia planes de acción, indicadores y mejoras verificables.

Asumir esta visión más amplia implica reconocer que la sostenibilidad turística no se limita a la dimensión ambiental. También se expresa en la capacidad de un destino para impulsar el consumo local, reforzar el tejido productivo, generar oportunidades en zonas rurales y mejorar la relación entre turismo y comunidad.

Del viajero responsable

Del viajero responsable al viajero que contribuye al destino.

Para dar respuesta a esta cuestión, uno de esos siguientes pasos pasa por ampliar el papel que ha de jugar el viajero dentro de la estrategia de sostenibilidad de los destinos.

Frente a un modelo que en el que la sostenibilidad se percibía como una responsabilidad exclusiva de empresas o administraciones, hoy cobra fuerza una visión más participativa, en la que el visitante puede convertirse en agente activo de transformación positiva.

Esta lógica conecta con el desarrollo de lo que se entiende por un turismo más regenerativo y un enfoque que plantea que la experiencia turística no solo debe reducir impactos, sino también contribuir a restaurar, fortalecer y dinamizar los territorios. En otras palabras, el reto ya no es únicamente viajar con menor huella, sino preguntarse de qué manera ese viaje puede dejar impacto positivo y valor compartido en el lugar visitado.

Ese cambio de mirada se traduce en decisiones muy concretas. Un viajero responsable que además busca contribuir a la propia sostenibilidad del destino que visita no es solo quien evita prácticas dañinas, sino quien elige alojamientos comprometidos con el entorno, consume en negocios locales, participa en experiencias gestionadas por los propios residentes y se interesa por comprender la realidad social, cultural y ambiental del lugar que visita. Puede hacerlo, por ejemplo, optando por visitas guiadas por residentes, talleres de oficios tradicionales, propuestas gastronómicas basadas en producto de proximidad o actividades que ayuden a conservar senderos, paisajes agrarios, ecosistemas costeros o patrimonio cultural. También contribuye cuando decide viajar en momentos o zonas menos saturadas, cuando utiliza formas de movilidad de menor impacto o cuando prioriza servicios turísticos que redistribuyen mejor el valor generado por la actividad, especialmente si forman parte de comunidades o sistemas de gestión sostenible reconocidos, como la comunidad de empresas sostenibles Biosphere. En ese sentido, el viaje deja de ser una experiencia de consumo pasivo para convertirse en una oportunidad de conexión más consciente con el territorio y con los principios del turismo sostenible.

Esta evolución es especialmente relevante porque amplía la relación entre turismo y territorio. El viajero puede contribuir no solo a la conservación ambiental, sino también al fortalecimiento del tejido local, al mantenimiento de saberes y tradiciones, y a la generación de oportunidades en comunidades que encuentran en el turismo una vía para diversificar su economía sin renunciar a su identidad.

Se trata de un nuevo enfoque en el que, cuando la experiencia del visitante se diseña con participación local y con una distribución más equilibrada de los beneficios, se refuerzan objetivos como la promoción de un empleo digno, la preservación cultural y la propia resiliencia del destino. Así, el visitante deja de ser únicamente receptor de una oferta y pasa a formar parte de una dinámica en la que su presencia puede generar impacto positivo y valor compartido.

Algunos destinos ya han empezado a explorar esta lógica mediante iniciativas que vinculan comportamientos responsables del visitante con beneficios o experiencias en el propio territorio. Más allá del incentivo concreto, lo relevante es el enfoque; es decir, acciones como el desplazarse en medios de transporte de menor impacto, participar en actividades comunitarias o implicarse en el cuidado del entorno. Acciones que dejan de percibirse como gestos marginales para integrarse en una forma distinta de vivir el viaje.

Se trata de un cambio de mirada que refuerza la idea de que el turista no solo puede reducir su huella, sino también contribuir a un destino sostenible de una manera más consciente, participativa y beneficiosa.

Pero para que esta evolución del viajero se traduzca en una contribución positiva real y sostenida en el tiempo, su voluntad no puede actuar de forma aislada. Hace falta también un entorno capaz de orientar, facilitar y multiplicar ese potencial a través de estrategias, experiencias e incentivos coherentes con las necesidades del destino.

El papel de los destinos

El papel de los destinos, las instituciones y las empresas turísticas en el turismo sostenible.

La respuesta pasa por asumir que esta transformación no depende solo de decisiones individuales, sino de la capacidad del propio sector para convertir esa disposición del viajero en oportunidades concretas de impacto positivo. En este sentido, los organismos oficiales, los destinos y las empresas tienen la responsabilidad de diseñar contextos, experiencias e incentivos que orienten esa contribución de forma útil, coherente y alineada con las necesidades del territorio. Se trata, en definitiva, de integrar el turismo sostenible en la gestión del destino como una práctica compartida, conectada con objetivos de largo plazo y capaz de generar valor real para la comunidad local.

Ese papel puede concretarse en medidas evaluables dentro de un proceso de gestión responsable, apoyado en herramientas como Biosphere Certified, para empresas, y Biosphere Certified Destination, para destinos, impulsadas por el Instituto de Turismo Responsable (ITR) y orientadas a una dinámica de mejora continua.

Los destinos rurales, por ejemplo, pueden impulsar experiencias vinculadas a la agricultura local, la gastronomía de proximidad, los oficios tradicionales o el alojamiento integrado en la comunidad, de forma que el visitante contribuya directamente al mantenimiento del tejido productivo y al empleo en el territorio.

En cambio, en destinos de montaña, las acciones pueden orientarse a promover la movilidad compartida o colectiva para reducir la presión del vehículo privado, fomentar actividades interpretativas sobre biodiversidad y paisaje, o canalizar la visita hacia empresas comprometidas con la conservación del entorno.

En destinos de playa, resulta especialmente relevante incentivar el uso del transporte público o la movilidad activa, reforzar el consumo en negocios locales, promover actividades de sensibilización sobre ecosistemas litorales y favorecer propuestas que ayuden a desconcentrar la afluencia en los espacios más saturados.

Y en destinos urbanos, se pueden diseñar itinerarios que redistribuyan los flujos hacia barrios con valor cultural menos visitados, apoyar el comercio de proximidad, facilitar experiencias conectadas con la identidad local y promover formas de visita que generen una relación más equilibrada con la vida cotidiana de la ciudad.

En todos los casos, los operadores y las empresas turísticas pueden actuar como aliados esenciales al priorizar proveedores locales, integrar criterios de sostenibilidad en su oferta y comunicar al viajero cómo sus decisiones contribuyen al destino.

En este proceso, la comunidad de empresas sostenibles Biosphere puede actuar como un espacio de referencia para visibilizar, conectar y fortalecer a aquellas organizaciones que integran la sostenibilidad en su modelo de gestión y en la experiencia que ofrecen al viajero.

Cuando estas acciones se acompañan de datos contrastados, objetivos compartidos y herramientas de seguimiento, el turismo sostenible deja de entenderse como un discurso aspiracional para consolidarse como una práctica verificable, medible y en evolución constante. De ahí la importancia de contar con plataformas capaces de transformar los compromisos en información organizada, indicadores y planes de mejora, como la plataforma de gestión online de la sostenibilidad Biosphere.

Es precisamente en ese punto donde los incentivos y las fórmulas de participación activa del visitante empiezan a cobrar especial interés, al abrir la puerta a modelos capaces de traducir la sostenibilidad en experiencias concretas, visibles y compartidas.

Cómo convertir la sostenibilidad

Cómo convertir la sostenibilidad en una experiencia participativa.

Una de las vías más interesantes para convertir la sostenibilidad en una experiencia participativa consiste en diseñar mecanismos que permitan al visitante implicarse de forma sencilla, visible y positiva en el cuidado del destino. No se trata solo de pedir comportamientos responsables, sino de crear contextos que los faciliten, los reconozcan y los conecten con beneficios concretos para el territorio, la comunidad local y la propia experiencia de viaje.

En este sentido, uno de los ejemplos más ilustrativos es Copenhagen Card, impulsado por Wonderful Copenhagen, la organización oficial de turismo de la capital danesa. Su planteamiento parte de una idea sencilla pero poderosa, incentivar comportamientos responsables durante la estancia mediante beneficios asociados a acciones concretas.

El programa funciona a partir de una lógica de participación basada en la confianza. El visitante realiza una acción considerada positiva para la ciudad, como desplazarse a pie, en bicicleta o en transporte público, colaborar en la recogida de residuos o participar en actividades comunitarias; después muestra una evidencia sencilla de esa acción y, finalmente, accede a una recompensa ofrecida por espacios culturales, atractivos turísticos, hoteles, establecimientos gastronómicos u otros colaboradores locales.

Así, acciones como llegar en transporte público o bicicleta, caminar por la ciudad, colaborar en la limpieza de canales y parques o participar en huertos urbanos pueden traducirse en beneficios como entradas gratuitas, descuentos en museos, experiencias culturales, cafés de cortesía, paseos en kayak o propuestas gastronómicas vinculadas a espacios locales.

De este modo, el incentivo no opera solo como una recompensa puntual, sino como una forma de hacer visible la relación entre las decisiones del visitante y los objetivos de sostenibilidad del destino, especialmente en periodos de mayor presión turística, como los meses de verano.

No resulta extraño que una iniciativa de este tipo haya surgido en una ciudad como Copenhague, reconocida por su apuesta por la movilidad sostenible, la calidad de vida urbana y la innovación en la gestión turística. Sus canales, espacios culturales, diseño urbano y estilo de vida vinculado al bienestar ofrecen un marco especialmente propicio para explorar nuevas formas de relación entre visitante, sostenibilidad y experiencia urbana.

Más allá de este caso concreto en Dinamarca, lo relevante es el enfoque. La sostenibilidad deja de comunicarse únicamente como compromiso institucional o empresarial para convertirse también en una experiencia activa, comprensible y compartida por quien viaja. Desde el punto de vista de la gestión turística, iniciativas como esta ayudan a traducir la responsabilidad del visitante en acciones concretas con valor para el destino.

En un país como España, con una gran diversidad de realidades turísticas, la utilidad de este tipo de modelos no reside en replicarlos de forma literal, sino en adaptar su lógica a las características, necesidades y objetivos de cada territorio. En este sentido, la red internacional de destinos Biosphere puede facilitar el intercambio de aprendizajes entre territorios que buscan integrar nuevas fórmulas de participación, corresponsabilidad y gestión sostenible en su realidad local. Para ello, resulta esencial una colaboración público-privada sólida, capaz de implicar a administraciones, empresas, comunidad local y visitantes en torno a metas compartidas.

El ámbito institucional tiene un papel especialmente relevante, sobre todo desde la administración local, donde recaen muchas de las competencias turísticas más directas y ejecutivas. Ayuntamientos, cabildos insulares y diputaciones provinciales pueden actuar como facilitadores de estos modelos, definiendo prioridades, articulando alianzas y asegurando que los incentivos respondan a retos reales del destino.

Al mismo tiempo, el tejido empresarial local resulta clave para que estas iniciativas sean viables, atractivas y sostenidas en el tiempo. Su capacidad para integrarlas en la oferta turística, comunicarlas adecuadamente y conectar las recompensas con productos, servicios y experiencias de valor puede marcar la diferencia entre una acción aislada y una estrategia con verdadero impacto.

Integrados dentro de estrategias más amplias de gestión sostenible, estos mecanismos pueden contribuir a objetivos como la desconcentración de flujos, la desestacionalización, el fortalecimiento de la economía local, la mejora de la convivencia entre turismo y residentes o la valorización de recursos culturales y naturales menos visibles.

Ahora bien, para que los incentivos al comportamiento responsable generen una contribución positiva real, deben apoyarse en una gobernanza clara, objetivos verificables e indicadores que permitan evaluar su evolución. Solo así pueden convertirse en una herramienta complementaria para avanzar hacia destinos sostenibles, competitivos y resilientes, en los que el turismo sostenible deje de ser una promesa para consolidarse como una práctica compartida, medible y orientada a la mejora continua.

El siguiente paso del turismo

El siguiente paso del turismo sostenible no es compensar, sino contribuir.

El futuro del turismo sostenible pasa, cada vez más, por elevar la exigencia del sector. Ya no se trata solo de reducir impactos, sino de avanzar hacia modelos capaces de generar beneficios tangibles para los territorios, las comunidades y los ecosistemas.

Esa transición exige visión estratégica, herramientas de gestión, compromiso colectivo y métricas que permitan demostrar el valor real de las acciones emprendidas.

En ese camino, la certificación puede desempeñar un papel decisivo como herramienta para ordenar, evaluar y fortalecer ese proceso. Distinciones como Biosphere Certified, para empresas, y Biosphere Certified Destination, para destinos, avaladas por el Instituto de Turismo Responsable (ITR), permiten traducir los compromisos en planes de acción, indicadores y mejoras continuas, alineados tanto con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas como con criterios ESG (ambientales, sociales y de buen gobierno).

Este enfoque se refuerza a través de un ecosistema más amplio, en el que la plataforma de gestión online de la sostenibilidad Biosphere, la comunidad de empresas sostenibles y la red internacional de destinos Biosphere contribuyen a facilitar la gestión, la visibilidad, la colaboración y el aprendizaje compartido entre actores turísticos comprometidos.

Más que un reconocimiento, este enfoque representa una manera de acompañar al sector en la construcción de destinos sostenibles y experiencias turísticas más equilibradas, responsables y preparadas para responder a los desafíos del presente y del futuro. La clave está en que la sostenibilidad no se limite a una declaración de intenciones, sino que se traduzca en gestión, evidencias, mejora continua y contribución positiva sobre el territorio.